Asombro ante la vida: El arte de Fernando Ramos Prida
In Memoriam Clara Garza
La presente retrospectiva de Fernando Ramos Prida (1937–2007) reúne una vida entera de creación, de 1964 a 1998. Su asombro ante el ritmo de la vida cotidiana—que se refleja en títulos tan profundoscomo Nacido del silencio, Noche de fuego y Con tu cara de tiempo, de agua—va mucho más allá de la verdad poética ordinaria. La exposición revela a un pintor intuitivo cuyo lenguaje visual emergía sin esfuerzo de lo más profundo de su mundo interior. Entregado por completo a su impulso creativo, Ramos Prida liberó su espíritu del peso de las expectativas. Pintaba desde una aceptación natural, en un reflejo de sus propias palabras inmortales: “No somos como queremos ser, sino como podemos ser”.
Abren la muestra cinco acuarelas sin título, intensos destellos de color. En rosas y morados vivos, azul cobalto y naranja neón, sus atmósferas envuelven figuras dibujadas con la frescura de un niño. Son obras que provienen de la primera exposición individual de Ramos Prida, en 1965, en la Galería de Arte Mexicano, piezas que al final conservó en su colección personal. El color, hilo conductor de toda la exposición, pone de relieve la verdad emocional más profunda de su perspectiva sobre la vida. A estas obras sobre papel les siguen dos pinturas de gran formato, Las felices coloradas y Dicen que en amarillo, cuyas figuras sonrientes establecen contacto con el espectador.
Nicanor lector y Tú, yo y las cosas “fueron pintados como un dibujo hecho por alguien que va caminando por la calle y hace un dibujo en una pared, y luego viene la lluvia y lava esa pared, y ese dibujo mal hecho, hecho por alguien que no pretendía hacer una obra de arte, la mayoría de las veces es hermoso…”.
La pintura de Ramos Prida constituía un acto de recordar la intimidad de la existencia, arraigado en un sentimiento de parentesco con una realidad mucho más grande que él. Siempre creyó estar a tono con la vida, hasta que, una mañana fría y clara, encontró a la muerte esperándolo en su estudio. Sentado ante su mesa de trabajo, se topó con la mortalidad en la más pequeña de sus formas. Ahí yacía una palomilla muerta, boca arriba, mirando sin ver. Por un instante fugaz se asemejó a un corazón invertido, hasta que su cuerpo frágil y polvoso le abrió los ojos a una verdad ineludible: la muerte no es el contrario de la vida, sino una parte íntima y frágil de ella. Esto también es la vida, pensó. De ahí en adelante, su pintura transmitía un mensaje de una tristeza implacable. Era una aceptación de las cosas tal como son, que demostraba que la belleza residía justamente en lo que no podía cambiarse: un recordatorio permanente de la frágil verdad que por fin había visto.
Ramos Prida tallaba bajorrelieves en madera con una gubia en V, como una meditación sobre los temas de la vida y la muerte. Su proceso era profundamente físico: quemaba la madera con soplete, la teñía con gis, le superponía capas de papel y texturizaba la superficie con un cepillo de alambre. Para dar a las figuras la esencia curtida y cicatrizada de la existencia humana, primero desfiguraba lo que llegarían a ser sus rasgos: desgarraba y raspaba la madera, abría heridas y desollaba la superficie hasta volverla un mapa de cicatrices. Entre una y otra de estas fases violentas, pintaba las superficies con un cuidado minucioso y las dejaba secar antes de exponerlas a la intemperie para conferirles un aspecto desgastado. Después añadía los rasgos físicos que definían la personalidad de cada pieza, reflejo de cómo cada una se desarrolla a partir de su propio origen creativo. Si bien se parecen mucho a máscaras que simbolizan el vínculo entre la materia y el espíritu, en el fondo hablan de la transformación humana. Sus heridas, reflexionaba él, las humanizan: demuestran que esos seres han vivido, han sobrevivido y siguen en pie. Ramos Prida admitía sin rodeos que estas obras son autorretratos, pero aclaraba que también están profundamente arraigadas en la identidad de México.
El rostro triangular de El hermano de viento alude al pico de ave de Ehécatl, dios del viento, del aire y del soplo vital en la mitología mexica.
Las manos en oración de Silencio del silencio provienen del recuerdo más temprano de Ramos Prida. A los cinco años, vio a su célebre tío, Alfredo Ramos Martínez, pintar una imagen de la Virgen de la Soledad de Oaxaca en una pared del comedor de su casa. Para el niño, ver a la Virgen surgir como por magia de los dedos de su tío fue como una profecía silenciosa: anunciaba su propio futuro como pintor de imágenes en las que el hogar y el espíritu se unen.
El duelo impregna de una honda emoción Ese silencio, ese viento, que captura a una figura detenida en pleno llanto. Esto contrasta con Eterno silencio, donde resuena el llanto perpetuo del guardián del más allá.
Nacido del silencio surge de un lugar de profunda quietud interior, de la ausencia del ruido del mundo.
El tiempo ha desgastado la monumental Con tu cara de tiempo de agua. Pero aunque los elementos casi han borrado los rasgos físicos de la cabeza, su fuerza interior permanece intacta.
“Siempre me pregunto la razón de la profunda fascinación que experimento cuando, caminando o vagando por ahí, observo todas esas hojas de los árboles que han caído y se han mezclado con el lodo, con la arena, con el polvo. También cuando veo el rastro de un insecto en la corteza de un árbol, las superficies oxidadas del cemento o de la piedra, y pienso en la palabra ‘tiempo’… ese gran misterio. Descubro que todo esto nace de la necesidad de expresar el milagro de estar vivo en relación con las formas, con los elementos, en relación con el tiempo.”
Salomon Grimberg
In Awe of Life: Fernando Ramos Prida’s Art
By Salomon Grimberg
In Memoriam Clara Garza
The current retrospective of Fernando Ramos Prida (1937-2007) brings together a lifetime of creation spanning 1964 to 1998. His awe for the rhythm in everyday life—reflected in profound titles like Born of Silence (Nacido del silencio), Night of Fire (Noche de fuego), and With Your Face, of Time, of Water (Con tu cara de tiempo de agua) —extends far beyond ordinary poetic truth. The exhibition unveils an intuitive painter whose visual language poured effortlessly from the depths of his inner world. Through a surrendered devotion to his creative impulse, Ramos Prida freed his spirit from the weight of expectation. He painted from a place of radical acceptance, embodying his own timeless words: “We are not the way we want to be, but the way we can be.”
Opening the show are five untitled, intense bursts of watercolor. Rendered in deep pinks, purples, cobalt blue, and neon orange, environments surround figures drawn with childlike freshness. They are works from Ramos Prida’s first solo exhibition in 1965 at the Galería de Arte Mexicano—pieces he ultimately kept for his personal collection. Color, the guiding thread that binds the exhibition, underscores his deeper emotional truth about life. These works on paper are followed by two large paintings, The Cheerful Red Ones (Las felices coloradas) and They Say That in Yellow (Dicen que en amarillo), where the smiling figures are making contact with the viewer.
Nicanor Reader (Nicanor lector) and You, Me and Things (Tú, yo y las cosas) “were painted as a drawing made by somebody walking down the street who makes a drawing on a wall and then comes the rain and washes this wall, this badly done drawing made by someone who did not intend to make a work of art is most of the time beautiful….”
Ramos Prida’s painting was an act of recalling the intimacy of existence, rooted in a felt kinship to a reality much larger than himself. He always believed he was attuned to life—until a crisp morning found death waiting for him at his studio. Sitting at his workbench, he encountered mortality in the smallest of forms. There lay a dead moth, resting on its back, staring blindly. For a fleeting moment, it resembled an upside-down heart—until its fragile, powdery body opened his eyes to an inescapable truth: death is not the opposite of life, but an intimate, fragile part of it: This too is life, he thought. Thereafter, his painting carried a message of unyielding sadness. It was an acceptance of things as they are, proving that beauty lay precisely in what could not be changed—a permanent reminder of the fragile truth he had finally seen.
Ramos Prida carved wooden bas-reliefs with a V-shaped victory gouge as a meditation on the themes of Life and Death. His process was deeply physical: he scorched the wood with a blowtorch, stained it with chalk, layered it with paper, and textured the surface with a wire brush. To give the figures the weathered, scarred essence of human existence, he first defaced what would become their features—rending and scraping the wood, opening wounds, and flaying the surface into a map of scars. Between this violent phase, he painted the surfaces with meticulous care, letting them dry before exposing them to the elements to achieve a weathered appearance. Following this, he added the physical traits that defined each piece’s personality, reflecting how they develop in response to their creative origins. Although they closely resemble masks symbolic of the bond between matter and spirit, they are ultimately about human transformation. Their wounds, he reflected, humanize them; they prove that the subjects have lived, survived and continue to endure. Ramos Prida matter-of-factly admitted these works are self-portraits, but clarified they are also deeply rooted in the identity of Mexico.
The triangular face in The Brother of the Wind (El hermano de viento) refers to Ehecatl’s bird beak, the god of wind, air and breath of life in Aztec mythology.
The praying hands in Silence of Silence (Silencio del silencio) stem from the Ramos Prida’s earliest memory. At five years old, he watched his famous uncle, Alfredo Ramos Martinez, paint an image of Oaxaca’s Virgin of Solitude on their dining room wall. To the young boy, watching the Virgin magically emerge from his uncle’s fingers felt like a quiet prophesy: it foretold his own future as a painter of images where home and spirit are one.
Grief imbues That Silence, That Wind (Ese silencio, ese viento) with deep emotion, capturing a figure frozen in a moment of weeping. This stands in contrast to Eternal Silence (Eterno silencio), where an everlasting weeping echoes from the guardian of the afterlife.
Born of Silence (Nacido del silencio) emerges from a place of deep inner stillness, absence of worldly noise.
Time has worn away the monumental With Your Face of Time, of Water (Con tu cara de tiempo, de agua). But while the elements have nearly effaced the head’s physical features, its inner power remains untouched.
“I am always asking the reason for the deep fascination that I experience when walking or wandering around I observe all those leaves from trees that have fallen down and have mixed with mud, with sand, with dust. Also, when I watch an insect’s trail on the bark of a tree, the rusty surfaces of cement or stone, and I think of the word ‘time’—that great mystery. I discover that all this comes out from the need to express the miracle of being alive in relation to forms, to elements, in relation to time.”
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Asombro ante la vida: El arte de Fernando Ramos Prida
In Memoriam Clara Garza
La presente retrospectiva de Fernando Ramos Prida (1937–2007) reúne una vida entera de creación, de 1964 a 1998. Su asombro ante el ritmo de la vida cotidiana—que se refleja en títulos tan profundoscomo Nacido del silencio, Noche de fuego y Con tu cara de tiempo, de agua—va mucho más allá de la verdad poética ordinaria. La exposición revela a un pintor intuitivo cuyo lenguaje visual emergía sin esfuerzo de lo más profundo de su mundo interior. Entregado por completo a su impulso creativo, Ramos Prida liberó su espíritu del peso de las expectativas. Pintaba desde una aceptación natural, en un reflejo de sus propias palabras inmortales: “No somos como queremos ser, sino como podemos ser”.
Abren la muestra cinco acuarelas sin título, intensos destellos de color. En rosas y morados vivos, azul cobalto y naranja neón, sus atmósferas envuelven figuras dibujadas con la frescura de un niño. Son obras que provienen de la primera exposición individual de Ramos Prida, en 1965, en la Galería de Arte Mexicano, piezas que al final conservó en su colección personal. El color, hilo conductor de toda la exposición, pone de relieve la verdad emocional más profunda de su perspectiva sobre la vida. A estas obras sobre papel les siguen dos pinturas de gran formato, Las felices coloradas y Dicen que en amarillo, cuyas figuras sonrientes establecen contacto con el espectador.
Nicanor lector y Tú, yo y las cosas “fueron pintados como un dibujo hecho por alguien que va caminando por la calle y hace un dibujo en una pared, y luego viene la lluvia y lava esa pared, y ese dibujo mal hecho, hecho por alguien que no pretendía hacer una obra de arte, la mayoría de las veces es hermoso…”.
La pintura de Ramos Prida constituía un acto de recordar la intimidad de la existencia, arraigado en un sentimiento de parentesco con una realidad mucho más grande que él. Siempre creyó estar a tono con la vida, hasta que, una mañana fría y clara, encontró a la muerte esperándolo en su estudio. Sentado ante su mesa de trabajo, se topó con la mortalidad en la más pequeña de sus formas. Ahí yacía una palomilla muerta, boca arriba, mirando sin ver. Por un instante fugaz se asemejó a un corazón invertido, hasta que su cuerpo frágil y polvoso le abrió los ojos a una verdad ineludible: la muerte no es el contrario de la vida, sino una parte íntima y frágil de ella. Esto también es la vida, pensó. De ahí en adelante, su pintura transmitía un mensaje de una tristeza implacable. Era una aceptación de las cosas tal como son, que demostraba que la belleza residía justamente en lo que no podía cambiarse: un recordatorio permanente de la frágil verdad que por fin había visto.
Ramos Prida tallaba bajorrelieves en madera con una gubia en V, como una meditación sobre los temas de la vida y la muerte. Su proceso era profundamente físico: quemaba la madera con soplete, la teñía con gis, le superponía capas de papel y texturizaba la superficie con un cepillo de alambre. Para dar a las figuras la esencia curtida y cicatrizada de la existencia humana, primero desfiguraba lo que llegarían a ser sus rasgos: desgarraba y raspaba la madera, abría heridas y desollaba la superficie hasta volverla un mapa de cicatrices. Entre una y otra de estas fases violentas, pintaba las superficies con un cuidado minucioso y las dejaba secar antes de exponerlas a la intemperie para conferirles un aspecto desgastado. Después añadía los rasgos físicos que definían la personalidad de cada pieza, reflejo de cómo cada una se desarrolla a partir de su propio origen creativo. Si bien se parecen mucho a máscaras que simbolizan el vínculo entre la materia y el espíritu, en el fondo hablan de la transformación humana. Sus heridas, reflexionaba él, las humanizan: demuestran que esos seres han vivido, han sobrevivido y siguen en pie. Ramos Prida admitía sin rodeos que estas obras son autorretratos, pero aclaraba que también están profundamente arraigadas en la identidad de México.
El rostro triangular de El hermano de viento alude al pico de ave de Ehécatl, dios del viento, del aire y del soplo vital en la mitología mexica.
Las manos en oración de Silencio del silencio provienen del recuerdo más temprano de Ramos Prida. A los cinco años, vio a su célebre tío, Alfredo Ramos Martínez, pintar una imagen de la Virgen de la Soledad de Oaxaca en una pared del comedor de su casa. Para el niño, ver a la Virgen surgir como por magia de los dedos de su tío fue como una profecía silenciosa: anunciaba su propio futuro como pintor de imágenes en las que el hogar y el espíritu se unen.
El duelo impregna de una honda emoción Ese silencio, ese viento, que captura a una figura detenida en pleno llanto. Esto contrasta con Eterno silencio, donde resuena el llanto perpetuo del guardián del más allá.
Nacido del silencio surge de un lugar de profunda quietud interior, de la ausencia del ruido del mundo.
El tiempo ha desgastado la monumental Con tu cara de tiempo de agua. Pero aunque los elementos casi han borrado los rasgos físicos de la cabeza, su fuerza interior permanece intacta.
“Siempre me pregunto la razón de la profunda fascinación que experimento cuando, caminando o vagando por ahí, observo todas esas hojas de los árboles que han caído y se han mezclado con el lodo, con la arena, con el polvo. También cuando veo el rastro de un insecto en la corteza de un árbol, las superficies oxidadas del cemento o de la piedra, y pienso en la palabra ‘tiempo’… ese gran misterio. Descubro que todo esto nace de la necesidad de expresar el milagro de estar vivo en relación con las formas, con los elementos, en relación con el tiempo.”
Salomon Grimberg

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
31.89 x 15.75 x 1.77 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
81 x 40 x 4.5 cm

Oil on canvas, framed in walnut wood
46.65 x 46.65 x 1.97 in
Óleo sobre lienzo, enmarcado en madera de nogal
118.5 x 118.5 x 5 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
39.37 x 15.75 x 1.77 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100 x 40 x 4.5 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
39.37 x 31.5 x 1.38 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100 x 80 x 3.5 cm

Acrylic and charcoal on canvas, framed in walnut wood
32.68 x 32.87 x 1.97 in
Acrílico y carboncillo sobre lienzo, enmarcado en madera de nogal
83 x 83.5 x 5 cm

Acrylic, paper, and pyrography on Masonite, framed in walnut wood
17.13 x 20.87 x 1.97 in
Acrílico, papel y pirografía sobre masonita, enmarcado en madera de nogal
43.5 x 53 x 5 cm

Acrylic on canvas, framed in walnut wood
40.75 x 40.75 x 1.97 in
Acrílico sobre lienzo, enmarcado en madera de nogal con vidrio de museo
103.5 x 103.5 x 5 cm

Acrylic on canvas, framed in walnut wood
40.75 x 40.75 x 1.97 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100 x 80 x 4.5 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
39.37 x 31.5 x 1.57 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100 x 80 x 4 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
39.37 x 15.94 x 2.17 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100 x 40.5 x 5.5 cm

Oil on canvas, framed in walnut wood
45.28 x 45.28 x 0.79 in
Óleo sobre lienzo, enmarcado en madera de nogal
115 x 115 x 2 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
31.5 x 31.5 x 1.38 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
80 x 80 x 3.5 cm

Watercolor on paper, framed in walnut wood with museum glass
13.39 x 11.61 x 1.57 in
Acuarela sobre papel, enmarcada en madera de nogal con vidrio de museo
34 x 29.5 x 4 cm

Pastel on paper, framed in walnut wood with museum glass
14.17 x 17.72 x 1.57 in
Pastel sobre papel, enmarcado en madera de nogal con vidrio de museo
36 x 45 x 4 cm

Watercolor on paper, framed in walnut wood with museum glass
14.76 x 17.72 x 1.57 in
Acuarela sobre papel, enmarcada en madera de nogal con vidrio de museo
37.5 x 45 x 4 cm

Watercolor on paper, framed in walnut wood with museum glass
8.27 x 9.84 x 1.57 in
Acuarela sobre papel, enmarcada en madera de nogal con vidrio de museo
21 x 25 x 4 cm

Watercolor on paper, framed in walnut wood with museum glass
9.06 x 11.02 x 1.57 in
Acuarela sobre papel, enmarcada en madera de nogal con vidrio de museo
23 x 28 x 4 cm

Acrylic and paper on Masonite, framed in walnut wood
16.93 x 20.87 x 1.97 in
Acrílico, papel y pirografía sobre masonita, enmarcado en madera de nogal
43 x 53 x 5 cm

Acrylic and lime mixed with Resistol 850 adhesive on carved, torch-burned wood
39.57 x 31.5 x 1.77 in
Acrílico y cal mezclados con adhesivo Resistol 850 sobre madera tallada y quemada con soplete
100.5 x 80 x 4.5 cm
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