Universe (water, earth, fire, air)
Eduardo Terrazas
Universe (water, earth, fire, air)
Eduardo Terrazas
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Eduardo Terrazas
Universe (water, earth, fire, air)
Eduardo Terrazas
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Universo (agua, tierra, fuego, aire)

por Andrea Torreblanca

A lo largo de cinco décadas, Eduardo Terrazas (Guadalajara, 1936) se ha concentrado en reconquistar la belleza a través de una utopía quizá no tan inalcanzable: contener y representar el movimiento perpetuo de nuestro paso por el mundo. En este reordenamiento cósmico, en donde la tierra está rodeada por cuatro fuerzas: la gravedad, el electromagnetismo, la energía nuclear fuerte y la débil, es donde las obras inéditas de Universo también encuentran un lugar. A primera vista, podríamos inferir que las tres series que conforman este conjunto de obras (Huellas, Texturas y Universo) son anotaciones preliminares a las variaciones infinitas y minuciosas sobre el cosmos. También podríamos afirmar que son trazos impregnados de la vanguardia o de los movimientos artísticos de la posguerra, pues en ellos se advierte la influencia de la gestualidad simbólica de Vasily Kandinsky, la caligrafía psíquica de Henri Michaux, las Texturologías de Jean Dubuffet o el dinamismo de Gordon Onslow Ford. No obstante—y aunque alguno de estos dos supuestos sea inequívoco—en el momento que Terrazas aclara con toda firmeza que “nos hemos olvidado de la belleza”, quebrantada desde que la bomba atómica estremeció a la tierra y suceso que el artista denomina como “el parteaguas”, la hipótesis sobre el origen de estas obras no sólo se transforma, sino que nos adentra en lo más profundo de la mirada sensible, perceptiva y terrenal del artista. Pues el interés enciclopédico de Terrazas por entender el engranaje social y cultural que impulsa el crecimiento exponencial del mundo nos reafirma que estas obras no son esbozos ni están dictadas únicamente por una gestualidad impulsiva y moderna.

Es ineludible intuir entonces que los dibujos oscilantes de la serie Huellas no son fragmentos de una escritura imprecisa, sino más bien fibras y nervaduras, átomos elásticos que se atraen y se repelen; que las líneas agitadas y titilantes son en realidad imágenes tangibles de aquel Cosmos metafísico. Lo que desentrañan estas obras expresivas y orgánicas—y por lo tanto distantes del lenguaje abstracto-geométrico—es la posibilidad de volver visibles las texturas, fuerzas, velocidades y magnitudes tanto de espacios geológicos y celestes, como de los elementos primigenios que le interesan al artista: agua, tierra, fuego y aire. Es decir que, en el movimiento perpetuo e infinito de su Cosmos, no sólo existen trayectos y sistemas, sino también ruidos atmosféricos, vapores, gases, polvos, moléculas y partículas que se propagan en el aire. Al suponer que estas sustancias y materias casi microscópicas se pueden hacer visibles, nos adentramos en un capítulo crítico para entender que al artista mide y evalúa constantemente la evolución del universo.

En la serie Texturas encontramos dos dimensiones que nos hacen entender este pensamiento caleidoscópico e inquisitivo. La mitad de los dibujos están conformados por marcas firmes, trazos impetuosos, puntos y líneas precipitadas que se abigarran sobre el papel y que fácilmente podríamos confundir con frottages hechos sobre piedras o suelos escarbados. Pero su aspecto es tan indefinido como el de las imágenes persistentes, aquellas que se quedan por un lapso breve en nuestra mente después de cerrar los ojos. Estas imágenes no son nítidas ni mucho menos representan la realidad de lo que observamos, más bien son imágenes abstractas y pasajeras que suceden debido a un fenómeno óptico y que se disipan una vez que ha pasado el instante. De la misma forma, en los dibujos de Texturas nuestra percepción se modifica cada vez que volvemos a mirar, pues las líneas se interrumpen y contraen para crear tejidos y superficies imprecisas e ingrávidas. La otra mitad de los dibujos son aún más compactos, y de ellos sobresalen cuerpos geométricos atravesados por medias curvas y trazos perpendiculares. Estas retículas oscilantes parecen anunciar los rasgos de una arquitectura estrecha, apuntando quizá a un tema que también le interesa al artista: la densidad como magnitud que representa la huella del hombre y la propagación desmesurada de las cosas. En su conjunto, Texturas resume, desde una mirada microscópica, aquello que imaginamos incorpóreo e invisible pero que también precipita la condensación de la tierra.

No es casualidad que el título de la exposición sea precisamente Universo, y que las pinturas del mismo nombre recojan todos los rasgos de los dibujos con mayor sensibilidad. En las pinturas, Terrazas cubre las superficies de tela con capas de pintura acrílica, la cual a su vez rasga y agrieta dejando al descubierto un entramado de visiones cósmicas y terrenales. Pues detrás de cada corteza no sólo se atisban nuevamente magnitudes como la densidad y la velocidad, sino también la intención de sustraer todo aquello que sobra. Finalmente, lo que nos da Universo es una visión metafórica del mundo, pero no por ello deja de lado la posibilidad de poder especular sobre la aceleración del futuro y la búsqueda de la belleza.

Universo (agua, tierra, fuego, aire)

by Andrea Torreblanca

Over the course of five decades, Eduardo Terrazas (b. Guadalajara, 1936) has focused on a re-conquest of beauty by means of a perhaps not-so-unattainable utopia: containing and representing the perpetual movement of our presence in the world. It is within this cosmic re-ordering—where the earth is surrounded by four forces: gravity, electromagnetism, strong and weak nuclear energy—that Universe’s previously unknown works also find a place. At first sight, we could infer that the three series that make up this set of artworks (Traces, Textures and Universe) are preliminary notes on the cosmos’s infinite, miniscule variations. We might also state they are strokes suffused in the avant-garde, or indeed, in post-war artistic movements; since in them we see influences from Kandinsky’s symbolic gesturing, Henri Michaux’s psychic calligraphies, Jean Dubuffet’s Texturologies or the dynamism of Gordon Onslow Ford. That said—and even if either of these two suppositions might be unequivocal—when Terrazas firmly asserts “we’ve forgotten beauty,” shattered since the A-bomb first rocked the world, an event the artist has called “the watershed,” hypotheses regarding these works’ origins not only transform but also cast us into the deepest part of the artist’s sensible, perceptive and earthly gaze. Terrazas’s encyclopedic interest in understanding the gear-works of culture and society that drive the world’s exponential growth declares to us that these artworks are not sketches and they are not solely dictated by impulsive, modern gesturing.

From there we must intuit that the oscillatory drawings in the Traces series are not fragments of imprecise writing, but rather, fibers and nervures, elastic atoms that attract and repel; that the agitated, twinkling lines are in fact tangible images of that metaphysical Cosmos. These artworks, expressive and organic—and as such, residing far removed from abstract-geometric language—untangle the possibility of making textures, forces, speeds and magnitudes visible, alongside geologic and celestial spaces and primeval elements that interest the artist: water, earth, fire and air. Put another way, in his Cosmos’s perpetual and infinite movement, there are not just trajectories and systems; the air also abounds in atmospheric noises, vapors, gases, dusts, molecules and particles. When we suppose these all-but-microscopic substances and matter can be made visible, we move into a key moment for understanding how the artist never stops measuring and evaluating the universe’s evolution.

In the series entitled Textures we encounter two dimensions that allow us to understand this kaleidoscopic, inquisitive thinking. Half of the drawings are made up of firm marks, impetuous strokes, dots and precipitate lines that fall across the paper haphazardly, easily confused with frottage on stones or scratched up soils. Yet their appearance is as undefined as that of persistent images; i.e., the images that remain in our minds for a short lapse after we close our eyes. Such images are not precise, nor do they represent the reality we observe; they are more like abstract, passing images that occur as an optical phenomenon and that dissipate as soon as the moment has passed. In the same way, in Textures drawings, our perceptions are modified each time we look; lines cut each other off and contract to create weaves as well as imprecise, weightless surfaces. The other half of the drawings are even more compact, notable for geometric bodies traversed by half-curves and perpendicular strokes. These oscillating reticles seem to announce the traits of a narrow architecture, perhaps pointing to another theme that interests the artist: density as a magnitude that represents the human imprint and the vast propagation of things. As a whole, Textures uses a microscopic gaze to summarize what we imagine to be incorporeal and invisible, but that simultaneously fosters the earth’s condensation.

That the exhibition’s title is specifically Universe is no coincidence. Nor is it accidental that the eponymous paintings take on all the drawings’ traits with greater sensibility. In the paintings, Terrazas covers the surface of the canvas with layers of acrylic, which simultaneously scratches and cracks, revealing a framework for visions both cosmic and earthly. Behind each rupture we again catch sight of both magnitudes, such as density and velocity, as well as an intention to remove everything not needed. Ultimately, Universe offers us a metaphorical vision of the world that never abandons the possibility of speculating on the acceleration of the future and the search for beauty.

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