Simbiontes
Fernando Zarur
Simbiontes
Fernando Zarur
23
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2022
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Simbiontes

Por Aurélie Vandewynckele

En su exposición individual Simbiontes, Fernando Zarur (Estado de México, 1991) presenta una serie de pinturas finamente detalladas cuya temática se desarrolla a partir de un imaginario inspirado en la fauna y flora del Estado de México. Este entorno natural y social, aprehendido por el artista desde su infancia a través de caminatas y tradiciones agrícolas, ha sufrido transformaciones y degradaciones medio ambientales provocadas por el extractivismo. Por tanto, las obras relatan, de forma onírica, la degeneración de un lugar propio vuelto territorio ajeno, y los daños a las formas de cohabitar de sus pobladores. Estas dan un acceso simbólico a las entrañas de las periferias: aquellas que nutren el centro pero que desaparecen en beneficio de la velocidad feroz de producción y consumo que acapara los recursos naturales como si fuesen productos sin raíces o sin alma.

La minuciosidad empleada en la realización de las pinturas suscita un cambio de paradigma donde el paisaje ya no se aprecia superficialmente, sino en su profundidad y sus detalles. Se quita el abrigo supuestamente sublime para volverse naturaleza. Múltiple, envolvente, y entretejida. El sentido monolítico está parasitado por la multitud de los simbiontes, esos microorganismos que se benefician mutuamente al momento de relacionarse. Zarur se aleja de la iconografía tradicional

del paisaje para resaltar esta masa intrincada. Un enredo multi-especie está pulsando y las corporeidades se entrelazan. Eventualmente se fusionan por medio de collage de planos distintos o por la reunión de elementos que se asemejan a una metamorfosis en la superficie del soporte. Con el fin de atestiguar estas variaciones, el artista opera un cambio de escala que acerca la mirada hacia las ocurrencias naturales. El gesto —mitad zoom digital, mitad microscopio— crea entrelazamientos formales y simbólicos que desafían los límites de la visión, permitiéndonos entrar a un micro mundo que parece inalcanzable.

Estas tensiones se manifiestan en las pinturas de Zarur a través de una confluencia de abstracciones y figuras sumamente texturizadas, acumuladas en capas; de las cuales emana una sensación de frescura, como señalando y reparando la condición de lo vivo. En este sentido, las figuras humanas y animales que surgen de repente son extrañas, tienen cuerpos y rostros alterados, evocando organismos mutables. Hacen un guiño a lxs espectadorxs que ven en las obras sus posibles identificaciones; un paso antes de volverse parte del humus, aquel lugar de descomposición y fermentación que renueva lo viviente. Siguiendo el concepto desarrollado por la antropóloga Anna Tsing, los musgos, líquenes, hongos y corales brindan valiosas pistas para aprender a vivir en las ruinas del capitalismo; así como para volver a ser terrícola, lidiando con los poderes bióticos y abióticos que han poblado el aire, el mar y la tierra desde tiempos antiquísimos.

Existe dentro de esta herida medioambiental, la sugerencia de la obsolescencia del sujeto humano por las necesidades de una compleja coevolución entre especies capaz de incidir en el Antropoceno, con el finde alcanzar formas de justicia climática y social. Dentro de las culturas olvidadas, la ruina y el desecho no se dan por vencidos. Por ello, Zarur busca convocar una representación donde las temporalidades y los espacios se cruzan en una apuesta por generar un acto pictórico transitorio, que sugiere simultáneamente la pérdida y la resurrección. La densidad del motivo visual y las huellas de la espátula —tanto gruesas como detalladas— materializan una fuerza transformadora. Las historias que cuentan estos cosmos coloridos y rítmicos oscilan entre las sensaciones contradictorias que suscita la pérdida asociada ala promesa de un retorno.

Fernando Zarur hace desaparecer el Yo y la hiper autorrepresentación de nuestra era que celebra la tecnología y el confort del presente. Ante una realidad acelerada, con nubes bajas y horizontes cerrados; las obras de Simbiontes nos permiten contemplar un escenario renovado para percibir futuros más allá del scrolling. Ahora los ojos no se clavan en el flujo de las noticias, sino que se entrecierran, se esfuerzan para ver cómo los individuos se unen con la naturaleza misma, revolcando la tipología de las especies, ocupando la simbiosis (“ser con”) como una herramienta potente para ficcionar el futuro. La superficie de las pinturas es así un ejercicio para simular e implícitamente entender esa historia con el fin de considerar los cuerpos y sus metamorfosis, así como las conexiones de estas entidades con el planeta Tierra: una extensión además de una renovación del panorama.

 

 

Symbionts

By Aurélie Vandewynckele

 

With his solo exhibition, Symbionts, Fernando Zarur (State of Mexico, 1991) presents a series of finely detailed paintings whose themes develop out of an imaginary inspired by the flora and fauna of the State of Mexico. This natural and social environment, which the artist has taken in through walks and agricultural traditions since his childhood, has been transformed and degraded by the practices of extractivism. These dream like works therefore express how one’s own place can degenerate into an alien territory, and wreak havoc on its inhabitants’ ways of coexisting with each other. They offer symbolic access to the crux of the peripheries that feed the center but disappear for the benefit of the breakneck speed of production and consumption that amasses natural resources as if they were unrooted, soulless products.

The meticulousness that went into making these paintings sets off a paradigm shiftin which the landscape is no longer to be appreciated as a surface, but rather asa depth, in all its details. Its supposedly sublime outer layer is peeled away, and it is allowed to be nature once more: multiple, enveloping, and interwoven.Monolithic meaning is parasitized by a multitude of symbionts, those microorganisms whose interrelationships lead to their mutual benefit. Zarur distances himself from the traditional iconography of landscape painting in order to highlight this intricate mass. A multi-species tangle throbs and corporealities intertwine; they eventually merge in a collage of different planes, or an ensemble of elements that look like a metamorphosis on the surface of the canvas. With the aim of witnessing these variations, the artist introduces a change of scale that brings the gaze close to natural events. This gesture—half digital zoom, half microscope—creates formal and symbolic entanglements that challenge the limits of vision, giving us access to a microcosm that seems unfathomable.

These tensions are manifest in Zarur’s paintings through a confluence of abstractions and thoroughly textured figures, accumulated in layer upon layer, from which there emanates a sensation of freshness, as if pointing toward and repairing the condition of the living. In this sense, there is something strange about the human and animal figures that suddenly emerge; their bodies and faces have been altered, evoking organisms capable of mutating. They wink at spectators who identify possible figures in these pieces, one step away from becoming part of the topsoil, that place of decomposition and fermentation that renews all living things. To echo a phrase coined by the anthropologist Anna Tsing, mosses, lichens, fungi, and corals offer us valuable lessons for learning to live in the ruins of capitalism, as well as for becoming earthlings once again, wrangling with the biotic and abiotic powers that have permeated the air, sea, and land since ancient times.

This environmental wound suggests that the human subject might give way to the needs of a complex interspecies coevolution, capable of having an effect on the Anthropocene and leading to forms of climate and social justice. Within forgotten cultures, ruins and waste do not give up. Zarur thus seeks to summon a representation wherein temporalities and spaces intermix to wager on creating a transitory pictorial act that suggests loss and resurrection at the same time.The density of the visual motif and the tracks of the palette knife—both thick and detailed—materialize a transformative force. The stories told by this colorful, rhythmic cosmos oscillate between the contradictory sensations brought about by the loss associated with the promise of a return.

Fernando Zarur eliminates the ego and the hypertrophied self-representation of our time, enamored as it is by technology and the comfort of the present. In the face of an accelerated reality, with low clouds and limited horizons, the works inSymbionts enable us to contemplate a renewed scene, to envision a future beyond scrolling. Our eyes are no longer transfixed by the flow of news, but have to squint in an effort to see how individuals merge with nature itself, overturning the typology of species, taking symbiosis (“living together”) as a powerful tool for fabricating the future. The surface of these paintings is thus an exercise in simulating and implicitly understanding that history with the aim of regarding bodies and their metamorphoses, as well as the connections between these entities and the planet Earth: an extension as well as a renewal of the panorama.

Simbiontes

Por Aurélie Vandewynckele

En su exposición individual Simbiontes, Fernando Zarur (Estado de México, 1991) presenta una serie de pinturas finamente detalladas cuya temática se desarrolla a partir de un imaginario inspirado en la fauna y flora del Estado de México. Este entorno natural y social, aprehendido por el artista desde su infancia a través de caminatas y tradiciones agrícolas, ha sufrido transformaciones y degradaciones medio ambientales provocadas por el extractivismo. Por tanto, las obras relatan, de forma onírica, la degeneración de un lugar propio vuelto territorio ajeno, y los daños a las formas de cohabitar de sus pobladores. Estas dan un acceso simbólico a las entrañas de las periferias: aquellas que nutren el centro pero que desaparecen en beneficio de la velocidad feroz de producción y consumo que acapara los recursos naturales como si fuesen productos sin raíces o sin alma.

La minuciosidad empleada en la realización de las pinturas suscita un cambio de paradigma donde el paisaje ya no se aprecia superficialmente, sino en su profundidad y sus detalles. Se quita el abrigo supuestamente sublime para volverse naturaleza. Múltiple, envolvente, y entretejida. El sentido monolítico está parasitado por la multitud de los simbiontes, esos microorganismos que se benefician mutuamente al momento de relacionarse. Zarur se aleja de la iconografía tradicional

del paisaje para resaltar esta masa intrincada. Un enredo multi-especie está pulsando y las corporeidades se entrelazan. Eventualmente se fusionan por medio de collage de planos distintos o por la reunión de elementos que se asemejan a una metamorfosis en la superficie del soporte. Con el fin de atestiguar estas variaciones, el artista opera un cambio de escala que acerca la mirada hacia las ocurrencias naturales. El gesto —mitad zoom digital, mitad microscopio— crea entrelazamientos formales y simbólicos que desafían los límites de la visión, permitiéndonos entrar a un micro mundo que parece inalcanzable.

Estas tensiones se manifiestan en las pinturas de Zarur a través de una confluencia de abstracciones y figuras sumamente texturizadas, acumuladas en capas; de las cuales emana una sensación de frescura, como señalando y reparando la condición de lo vivo. En este sentido, las figuras humanas y animales que surgen de repente son extrañas, tienen cuerpos y rostros alterados, evocando organismos mutables. Hacen un guiño a lxs espectadorxs que ven en las obras sus posibles identificaciones; un paso antes de volverse parte del humus, aquel lugar de descomposición y fermentación que renueva lo viviente. Siguiendo el concepto desarrollado por la antropóloga Anna Tsing, los musgos, líquenes, hongos y corales brindan valiosas pistas para aprender a vivir en las ruinas del capitalismo; así como para volver a ser terrícola, lidiando con los poderes bióticos y abióticos que han poblado el aire, el mar y la tierra desde tiempos antiquísimos.

Existe dentro de esta herida medioambiental, la sugerencia de la obsolescencia del sujeto humano por las necesidades de una compleja coevolución entre especies capaz de incidir en el Antropoceno, con el finde alcanzar formas de justicia climática y social. Dentro de las culturas olvidadas, la ruina y el desecho no se dan por vencidos. Por ello, Zarur busca convocar una representación donde las temporalidades y los espacios se cruzan en una apuesta por generar un acto pictórico transitorio, que sugiere simultáneamente la pérdida y la resurrección. La densidad del motivo visual y las huellas de la espátula —tanto gruesas como detalladas— materializan una fuerza transformadora. Las historias que cuentan estos cosmos coloridos y rítmicos oscilan entre las sensaciones contradictorias que suscita la pérdida asociada ala promesa de un retorno.

Fernando Zarur hace desaparecer el Yo y la hiper autorrepresentación de nuestra era que celebra la tecnología y el confort del presente. Ante una realidad acelerada, con nubes bajas y horizontes cerrados; las obras de Simbiontes nos permiten contemplar un escenario renovado para percibir futuros más allá del scrolling. Ahora los ojos no se clavan en el flujo de las noticias, sino que se entrecierran, se esfuerzan para ver cómo los individuos se unen con la naturaleza misma, revolcando la tipología de las especies, ocupando la simbiosis (“ser con”) como una herramienta potente para ficcionar el futuro. La superficie de las pinturas es así un ejercicio para simular e implícitamente entender esa historia con el fin de considerar los cuerpos y sus metamorfosis, así como las conexiones de estas entidades con el planeta Tierra: una extensión además de una renovación del panorama.

 

 

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