Guillermo García Cruz
Guillermo García Cruz
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Imágenes interrumpidas
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2026
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2026

Guillermo García Cruz en cinco tiempos 
Carlos E. Palacios 

"La originalidad consiste en volver al origen". Una frase del arquitecto catalán Antoni  Gaudí que contiene una verdad trascendente: la autenticidad se debe a su historia. Al  paso de esta sentencia, otra de Eugenio D'Ors, un gran escritor igualmente catalán: "todo  lo que no es tradición es plagio». 

Para Guillermo García Cruz (Montevideo, 1988) estas citas facilmente iluminan su  trayectoria. Este artista dedicó los primeros años de carrera a la pintura figurativa, de una  naturaleza muy realista. Para alguien nacido en el Cono Sur, el tránsito hacia la  abstracción geométrica parecería algo natural y fluido, gracias a la vanguardias artísticas  de la región que privilegiaron este lenguaje del arte, como consecuencia del regreso del  maestro Joaquín Torres-García a su natal Montevideo desde su exilio europeo en 1934. Sin embargo, la influencia que mas interesó a Guillermo García Cruz no está precisamente  en la "Escuela del Sur" ni en el "Universalismo Constructivo" que el maestro Torres-García  dejó como gran legado artístico para los pintores del continente del siglo pasado y sobretodo, para sus epígonos en Uruguay. El artista volteó la mirada hacia el arte concreto  que nació a ambas orillas del Río de la Plata, sobretodo a los postulados teóricos de los  artistas asociados al movimiento Madí. 

Esta atracción de Guillermo García Cruz no se reduce a la notoria filiación formal que su  obra tiene con la de esos pintores o con sus pares brasileños de los grupos "Frente" o  "Ruptura". En donde encontró un vínculo con sus propios intereses está en las ideas revolucionarias en torno a la pintura abstracta de esa generación de artistas e  intelectuales. Voltear la mirada a los orígenes del arte abstracto latinoamericano le dió un  impulso renovador a su obra, logró hacerla, parafraseando al arquitecto Gaudí,  profundamente original; pero esto ocurre, insisto, mas allá de las coincidencias formales  entre su obra y el arte concreto del Sur. La pintura y escultura de Guillermo García Cruz  suponen un gesto de renovación muy vigoroso y actual de esas tradiciones artísticas, 

desde un discurso muy auténtico, basado en la realidad tecnológica de nuestros días,  como veremos de seguidas. 

II 

Habría que recordar el desafío de los primeros artistas abstractos rioplatenses: una  necesidad de dinamizar la rígida estructura ortogonal del cuadro que heredamos del  Renacimiento. En su programa, el grupo Madí promovió que el arte asumiera formas geométricas irregulares, que la superficie pictórica se recortara de manera bastante libre.  Con esta idea en mente, los pintores buscaban independizar la creación, despojarla de sus ataduras con la tradición y apostar por una pintura totalmente abstracta.  En las obras de Guillermo García Cruz encontramos un gesto similar. Podemos darnos  cuenta que los marcos no mantienen la ortogonalidad de rigor y en algún lugar de estos, ocurre una suerte de desplazamiento, una disrupción, tanto de la imagen representada  como del objeto en sí mismo.  

Como decíamos antes, el artista va mas allá de los quiebres del soporte pictórico y del  marco de la pionera abstracción sureña. Un vistazo a vuelo de pájaro de un conjunto de  obras Madí o del arte concreto brasileño, nos dan cuenta de una libertad inusual en este  gesto de ruptura de la ortogonalidad y en la voluntad de ir mas allá de la moldura de la  pintura. La variedad de soluciones a este problema compositivo fue enorme para los  creadores modernos latinoamericanos asociados a este tendencia. 

A diferencia de esta estrategia abstracto-geométrica histórica, desde las primeras piezas de sus series iniciadas hacia 2020, Guillermo García Cruz propone que los quiebres del  marco sean uniformes, en paralelo a los bordes superior o inferior de la obra y casi  siempre ocurren hacia el centro de la composición, como una gruesa línea de horizonte o  unas franjas que se desplazan "por accidente". 

En sus recientes propuestas de los útimos dos años, García Cruz insiste en esta estrategia  compositiva. Este gesto creativo domina el trabajo con una regularidad muy precisa y, en  este sentido, las pinturas son rigurosas en la manifestación de estos desplazamientos del  marco. Cabría preguntarse por qué no asumió la misma libertad de los artistas 

constructivistas al momento de fracturar la ortogonalidad dominante, y por el contrario,  mantiene una rigurosidad casi mecánica (minimalista podría decirse) en su aporte al tema. III 

Me atrevo a aventurar una respuesta a esta interrogante. Yo creo que esta correspondencia  entre la obra de Guillermo García Cruz y la innovación moderna (y sureña) de "quebrar" el  marco se basa en no imitar el gesto moderno (lo que sería retórico y banal), sino en  convertir este giro formal en una referencia, en una "cita a pie de página", para formular un  razonamiento teórico propio en torno a la ubicuidad de la imagen en nuestros días. Es decir,  Guillermo García Cruz convirtió una estrategia formalista e histórica en un argumento  conceptual, muy actual. 

A diferencia de los marcos oblicuos y "quebrados" de la modernidad artística porteña, los  de García Cruz responden a otro escenario simbólico. No buscan borrar una tradición, como  imponía el espíritu vanguardista del artista Gyula Kosice en el manifiesto Madí de 1946, al  proponer un arte divorciado de la representación de la realidad. Por el contrario, las obras  de Guillermo García Cruz son un reflejo, el espejo de obsidiana donde se proyecta una teoría  de la imagen en la actualidad. Estas propuestas no se escapan del compendio de imágenes  del presente, por el contrario, son su sombra.  

Decíamos líneas atrás que la obra de este creador está en conexión con nuestro invasivo y  dominante imaginario mediático. De forma más precisa debemos decir que, en efecto, estas pinturas retratan dos facetas de este infinito universo de imágenes dosificadas tecnológicamente. La primera es el glitch, ese error "menor" que aparece en el mundo  visual tecnificado y que Wikipedia describe como "temporal, gráfico o divertido,  permitiendo que la experiencia continúe". 

La otra cara de esta inmersión abstracto-geométrica de García Cruz en nuestra realidad  visual se inspira en el teléfono celular, la mas universal y cotidiana de nuestras interfaces. A partir de su formato rectangular, el artista propone toda una serie de obras que como un  conjunto de espejismos, nos hacen creer que vemos una serie de impecables pinturas geométricas cuando en realidad lo que estamos mirando es la sombra de ese otro espejo 

rectangular que desde nuestra mano, domina nuestra vida diaria y nuestros repertorios  personales de imágenes. 

IV 

Una de las primeras manifestaciones del glitch la podemos encontrar en el cine, cuando  en una escena se quiere simular que un aparato de televisión está fallando. De manera  repentina, la pantalla se quiebra en bandas horizontales irregulares que segmentan las  imágenes (como en las obras de García Cruz) contaminadas con una especie de "ruido  visual", como una lluvia de líneas; de alguna manera la imagen del televisor se hace  "abstracta". Es usual en este tipo de gags cinematográficos que el actor protagonista le  propine un golpe al aparato y la pantalla se componga de manera súbita. De alguna  manera, ésta vuelve a ser "real". 

Es muy cierto que el nacimiento de la abstracción en los albores del siglo pasado se  basaba en la utopía de la independencia de arte de la realidad concreta. El pintor buscaba  en su obra una experiencia alterna, inspirado en la idea de entender la creación como una  vía para la conciencia interior y ver el cuadro desde una perspectiva espiritual ajena a la  razón, lo que Malévich llamaba "la supremacía de la sensibilidad pura" (de allí el  Suprematismo ruso, como bien se sabe). Desde entonces y a lo largo del tiempo, la  abstracción-geométrica, el arte concreto o el geometrismo mantuvieron este principio de  conformar un imaginario alterno e independiente del mundo perceptible.  Es precisamente este encuentro entre el tangible arte de la pintura y la presencia virtual y mediada ("abstraída") de los glitchs, lo que resulta verdaderamente original y audaz como  discurso artístico. Guillermo García Cruz logra mirar en ellos uno de los destinos adónde  aterrizó la abstracción en la actualidad. Cuando el glitch surge, a su manera un error "temporal y gráfico" como lo describe Wikipedia, se genera un momento que se "abstrae"  del obsesivo universo imaginativo virtual, dominado por un exceso de realismo y por  nuestra imperiosa necesidad de una fidelidad extrema. Vivimos rodeados de una catarata  de imágenes en alta resolución, esto es, de un exceso de realidad, de hiperrealismo virtual, de renders y de CGI. Cuando el glitch altera esa fidelidad nos sobreviene súbita y temporalmente un momento de enajenamiento, una palabra que, recordemos, es 

sinónimo de abstracción. Es decir, gracias al glitch nos abstraemos de la nitidez de nuestro  acervo visual en alta resolución. 

En esta serie de obras recientes, Guillermo García Cruz añade otra capa a esta asociación  entre abstracción y realidad. Unos paralelepípedos (u ortoedros, nombre exacto de la  geometría de los telefonos celulares móviles) dialogan entre sí, se chocan y entrecruzan. En algunas pinturas sus contornos se suman a las estructuras "quebradas" descritas líneas  atrás. En otros casos constituyen los protagonistas absolutos de las piezas y es inevitable  asociarlas a los "Metaesquemas" neoconcretos de Hélio Oiticica.  

Pero una vez mas, García Cruz da una vuelta de tuerca a la tradición artística  latinoamericana y lo que vemos no son simples siluetas ortogonales en negro. Lo que en  realidad miramos es una de las formas mas universales de nuestros días transformada en  pura abstracción geométrica, estos negrísimos ortoedros son la sombra de nuestros vulgares teléfonos celulares elevándose a la categoría de obra de arte.  Finalmente, este conjunto de obras de Guillermo García Cruz son una alegoría precisa de de como el arte abstracto, inclusive desde su condición originaria como vía de evasión del  mundo real (de acuerdo a Kazimir Malevich), es el retrato de su tiempo. Estas consistentes  pinturas geométricas, delicadas y precisas, que recuerdan las pantallas en reposo de  nuestros celulares, condensan desde el denso fondo negro absoluto de sus formas, el  infinito albúm de la ingente visualidad de nuestros días.

Guillermo García Cruz in Five Movements 
Carlos E. Palacios

“Originality consists in returning to the origin.” This assertion by the Catalan  architect Antoni Gaudí contains a transcendent truth: authenticity is inseparable from its history. It pairs well with another remark, this one by the writer Eugenio D'Ors, also  Catalan: “Anything that is not tradition is plagiarism.” 

For Guillermo García Cruz (Montevideo, 1988), these two quotations offer an  easy way to illuminate his trajectory. In the early years of his career, the artist devoted  himself to figurative painting of a decidedly realist character. For someone born in the  Southern Cone, a shift toward geometric abstraction would seem natural and effortless thanks to the artistic avant-gardes of the region, which privileged this visual language as a result of the master Joaquín Torres-García’s return to his home town of Montevideo  after his European exile in 1934. Nevertheless, the influence that most captivated  Guillermo García Cruz lies neither in the “School of the South” nor in the “Constructive  Universalism” that Torres-García left as a great artistic inheritance to the South  American painters of the twentieth century, and especially to his followers in Uruguay.  Instead, the artist turned to the concrete art that was born on both banks of the Río de  la Plata, and above all to the theoretical postulates of the artists associated with the  Madí movement. 

This attraction is not reducible to the obvious formal kinship between García  Cruz’s work and that of the Madí painters, or their Brazilian peers in the “Frente” or  “Ruptura” groups. The true point of connection lies in the revolutionary ideas about  abstract painting held by that generation of artists and intellectuals. Looking back to  

the origins of Latin American abstract art gave his work a renewing impulse, making it  profoundly original (to paraphrase Gaudí). But this originality resides, I contend,  beyond any formal affinities between his work and South American concrete art. The  painting and sculpture of Guillermo García Cruz imply a vigorous and thoroughly  contemporary renewal of those artistic traditions, articulated through a deeply  authentic discourse grounded in the technological reality of our own time, as we shall  see. 

II 

We must recall the challenge that the first abstract artists of the Río de la Plata  area set for themselves: a need to bring some dynamism to the rigid orthogonal  structure of the canvas that we have inherited from the Renaissance. The Madí group’s  program advocated for art to assume irregular geometric forms, which pictorial  surfaces would cut quite freely. With this in mind, those painters sought to liberate  creation from its ties to tradition and commit to a painting that was wholly abstract.

In Guillermo García Cruz’s work we find a similar gesture. His frames evidently  do not maintain strict orthogonality, and somewhere within them, a kind of  displacement occurs—a disruption of both the represented image and the object itself. 

As noted above, the artist goes beyond introducing breaks into the frame and physical support medium of painting, as practiced by the pioneers of Southern  abstraction. A bird’s-eye view of Madí works or Brazilian concrete art reveals an  unusual freedom in this act of breaking orthogonality, a willingness to move beyond  the painting’s border. The range of solutions to this compositional problem was  enormous among the Latin American modernist artists associated with this tendency. 

In contrast to that historical abstract-geometric strategy, García Cruz—beginning  with the first pieces of his series, undertaken around 2020—proposes that the breaks in  the frame be uniform, parallel to the upper or lower edge of the work and almost  always occurring toward the center of the composition as a thick horizon line, or bands  that seem to have shifted “by accident.” 

In his more recent work over the past two years, García Cruz lays even more  emphasis on this compositional strategy. This creative gesture governs the work with a  very precise regularity, and in this sense the paintings are rigorous in how they manifest these displacements of the frame. One might ask why he did not embrace the  same freedom as the Constructivist artists when fracturing the dominant orthogonality,  and why, on the contrary, he maintains an almost mechanical (one might say  minimalist) rigor in his contribution to the question. 

III 

I would venture an answer to this question. I believe that the correspondence  between García Cruz's work and the modern (and Southern) innovation of “breaking” the frame is based not on any imitation of that modern gesture—which would be  rhetorical and banal—but on converting this formal turn into a reference, a “footnote”  as it were, from which to develop an original theoretical argument about the ubiquity of  the image in our time. In other words, Guillermo García Cruz has transformed a  historical formalist strategy into a conceptual argument that is very much of the  present. 

Unlike the oblique and “broken” frames of the artistic modernism of Buenos  Aires, those of García Cruz respond to a different symbolic scenario. They do not seek  to erase a tradition, as the avant-garde spirit of artist Gyula Kosice demanded in the  Madí Manifesto of 1946, calling for an art divorced from the representation of reality.  On the contrary, Guillermo García Cruz’s works are a reflection, the obsidian mirror  onto which a theory of the contemporary image is projected. These works do not  escape the torrent of images that surrounds us; rather, they are its shadow. 

I noted above that this artist’s work is connected to the dominant, invasive media  imaginary of our time. To be more precise: these paintings portray two facets of this endless universe of technologically mediated images. The first consists of glitches,

those “minor” errors that appears in the technified visual world, which Wikipedia  describes as “temporary, graphic, or amusing, allowing the experience to continue.” The other facet of García Cruz’s abstract-geometrical immersion in our visual  reality is inspired by the mobile phone, the most universal and ordinary of our  interfaces. Working from its rectangular format, the artist proposes a whole series of  works that, like a set of mirages, lead us to believe we are looking at a series of  immaculate geometric paintings, when what we are actually seeing is the shadow of  that other rectangular mirror which, from the palm of our hand, rules over our daily  lives and our personal archives of images. 

IV 

One of the earliest manifestations of glitching can be found in cinema, in scenes  meant to simulate a malfunctioning television set. Suddenly the screen breaks into  irregular horizontal bands that segment the image (like in García Cruz’s works),  contaminated with a kind of “visual noise,” a rain of lines; in a sense, the television  image becomes “abstract.” In this type of cinematic gag, the protagonist typically  delivers a sharp blow to the set, and the screen snaps back into order. Somehow, the  image becomes “real” again. 

It is quite true that the birth of abstraction at the dawn of the twentieth century  was grounded in the utopia of art’s independence from concrete reality. The painter  sought an alternate experience in his work, inspired by the idea of understanding  creation as a path to inner consciousness and of seeing the canvas from a spiritual  vantage point foreign to reason—what Malevich called “the supremacy of pure  sensibility” (whence Russian Suprematism, as is well known). Ever since then,  geometric abstraction, concrete art, and geometricism maintained this principle of constructing an alternate imaginary, independent of the perceivable world. 

It is precisely this encounter between the tangible art of painting and the virtual,  mediated (“abstracted”) presence of glitches that makes García Cruz’s work truly  original and daring as an artistic discourse. He manages to see glitches as one of the sites where abstraction has landed in the present. When glitches appear—a “temporary  and graphic” error, as Wikipedia would have it—they generate a moment that is  “abstracted” from the virtual, obsessive, imaginary universe, dominated by an excess of  realism and by our imperious demand for extreme fidelity. We live immersed in a  torrent of high-resolution images, in an excess of reality, of virtual hyperrealism, of  renders and CGI. When glitches disrupt that fidelity, we are overtaken, suddenly and  briefly, by a moment of estrangement—a word that is, let us recall, a synonym of  abstraction. Thanks to glitches, in other words, we are abstracted from the sharpness of  our high-resolution visual archive. 

V

In this series of recent works, Guillermo García Cruz adds another layer to the  relationship between abstraction and reality. Rectangular parallelepipeds (or  rectangular cuboids, to use the technical term for the geometrical shape of mobile  phones) enter into dialogue with one another, collide, and become interwoven. In some  paintings their outlines join the “broken” structures described above. In others they are  the absolute protagonists of the pieces, and one cannot help but associate them with  Hélio Oiticica's neo-concrete “Meta-schemas.” 

But once again, García Cruz gives the Latin American artistic tradition another  turn of the screw, and what we see are not simply orthogonal silhouettes in black. What  we are actually looking at is one of the most universal forms of our time transformed  into pure geometric abstraction: these jet black cuboids are the shadows of our  ordinary mobile phones elevated to the status of works of art. 

Ultimately, this body of work by Guillermo García Cruz is a precise allegory for  how abstract art, starting with its original condition as a way to escape the real world  (according to Kazimir Malevich), is always the portrait of its time. These consistent,  delicate, and precise geometric paintings, which recall the screens of our cellphones when not in use, condense within the dense, absolutely black ground of their forms the  infinite album of the enormous visuality of our era.

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